Zoe se había quedado profundamente dormida en el amplio sofá de la biblioteca de la mansión, sosteniendo un pesado libro de pediatría clínica que aún descansaba abierto sobre su regazo. La tenue luz dorada de la lámpara de pie perfilaba las delicadas facciones de su rostro sereno, y por un breve instante, el tiempo pareció doblarse de forma violenta sobre sí mismo en mitad del silencio. Al verla de ese modo, tan vulnerable, desarmada y dolorosamente mía, mi mente me arrastró sin piedad cinco añ