Zoe se había ido hace dos horas con Emma. Según ella, necesitaba con urgencia un poco de "oxígeno fresco fuera de las paredes de este hospital y, sobre todo, muy lejos de tus asfixiantes sermones, Blackwood". Mi cuñada, la esposa de Noah, parecía ser la única persona sobre la faz de la tierra capaz de arrastrar a Zoe a un ruidoso centro comercial apenas un día después de haber recibido seis dolorosos puntos de sutura en el brazo izquierdo.Así que ahí estaba yo, el mismísimo jefe de cirugía del hospital más prestigioso de la ciudad, sentado de mala gana en la alfombra de la sala de estar, completamente rodeado de bloques de construcción de colores brillantes y bajo la atenta, analítica y pesada mirada de mi madre.—Doctor, ¿me ayuda a poner el ala del avión? —preguntó Leo, extendiéndome una pieza plástica de color azul con una seriedad innata que me recordaba peligrosamente a la de Zoe cuando se concentra en analizar una placa de rayos X de alta complejidad.—Claro que sí, Leo. Pero s
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