La cena familiar en el gran comedor de la mansión Blackwood siempre tenía ese desagradable sabor a protocolo rígido y etiqueta absurda que, de manera inevitable, terminaba por cerrarme por completo el estómago. Victoria presidía la mesa desde la cabecera con una elegancia aristocrática tan fría que me recordaba constantemente, con cada sutil tintineo de la platería, que yo era la pieza defectuosa que simplemente no encajaba en su perfecto rompecabezas de porcelana fina. Ian, por su parte, inten