El mensaje seguía brillando en la pantalla del teléfono.“Ven por mí.”Dos palabras. Solo dos.Pero fueron suficientes para que Alexander Vance abandonara una reunión multimillonaria, ignorara tres llamadas urgentes y condujera él mismo hacia las afueras de la ciudad.Porque Elena jamás pedía ayuda. Jamás.Y si lo había hecho ahora, significaba que algo había ocurrido. Algo grave. Algo que la había llevado al límite.La noche caía sobre la carretera mientras el automóvil negro avanzaba entre sombras. Por primera vez en años, Alexander sentía una emoción que no podía controlar.Preocupación.Y aquello le desagradaba profundamente. Porque la preocupación implicaba vulnerabilidad. Y la vulnerabilidad siempre terminaba convirtiéndose en debilidad.Pero cuando se trataba de Elena… las reglas dejaban de funcionar.Mientras tanto, Elena seguía de pie frente a la vieja casa de campo.El viento agitaba su cabello. Las lágrimas ya se habían secado. Pero el dolor seguía allí. Más afilado que nun
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