El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono en la penumbra de la habitación: «Si quieres saber quién eres realmente, ve al casillero 317 de la estación central antes del amanecer». Elena lo leyó una vez, luego otra, y una más, como si las palabras fueran a cambiar mágicamente o a revelar un significado distinto. Pero no ocurrió; seguían siendo exactamente igual de inquietantes, peligrosas y, sobre todo, tentadoras. Durante toda su vida había perseguido respuestas, y ahora parecía que la verdad la estaba esperando, a contrarreloj, apenas unas horas antes del amanecer.Su primera reacción fue no llamar a Alexander. Intentó convencerse de que podía hacerlo sola, de que aquello no tenía nada que ver con él y de mil cosas más. Sin embargo, al final terminó rindiéndose a lo inevitable y marcó su número.Alexander respondió al segundo tono, como si hubiera estado despierto, esperando esa llamada.—¿Qué pasó? —preguntó directamente, omitiendo cualquier saludo. Elena cerró los ojos p
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