Verónica y Mauricio, en compañía de Santiago y Marta, regresaron por fin a Miami para empezar desde cero. Tal como lo había prometido, Mauricio compró una casa hermosa, un verdadero paraíso terrenal. El patio trasero de la propiedad era el mismísimo mar, rodeado de un jardín enorme y verde donde Santiago podía correr con total libertad. Además, prepararon para el pequeño una habitación enorme, llena de juguetes de todos los colores. Verónica caminaba por los pasillos de su nuevo hogar y todavía no podía creerlo. Después de tanto sufrimiento, de las humillaciones y del dolor del encierro, por fin iba a ser feliz. Al pasar los días, se dedicó por completo a disfrutar de su hijo, a recuperar el tiempo perdido y a organizar los detalles de su boda con Mauricio. Todo en sus vidas parecía perfecto, iluminado por el sol de Miami. Pero, a veces, el río lleva una corriente muy peligrosa en la profundidad, justo debajo de sus aguas calmadas. Mientras en Miami todo era risas y planes de fu
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