El clima en Nueva York era tan gris y frío como el ánimo de Mauricio al bajar del avión. Sin perder un solo minuto, se dirigió directo a los tribunales centrales, el lugar donde tres años atrás había visto cómo se hacía justicia. Caminaba a paso veloz por los pasillos de mármol, con la maleta de mano aún en un brazo y el rostro endurecido por la determinación. No iba a permitir que la vida que había construido junto a Verónica en Miami se desmoronara por culpa de la corrupción.
Al llegar a la