Al mismo tiempo, la tensión en el terreno baldío se volvía insoportable. Rodrigo caminaba como un loco de un lugar a otro, levantando polvo con sus pasos torpes y arrastrando la frustración de verse acorralado. Tenía el arma en la mano, apretándola con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Se detenía por momentos, apuntando al vacío, y luego volvía a mirar a Verónica con ojos desorbitados. —¡Eres una zorra! Lo sabes, Verónica —le gritaba una y otra vez, repitiendo el insulto como si con eso pudiera convencerse de que ella tenía la culpa de su ruina—. Todo esto es por tu culpa. Si tan solo hubieras obedecido, si no te hubieras largado con Mauricio... Verónica, sentada en el suelo cubierto de maleza, no dejaba de cubrir su vientre. El miedo la paralizaba, pero sacó fuerzas de la desesperación para intentar razonar con el hombre que alguna vez creyó conocer. —Rodrigo, por favor, recapacita —le suplicó con la voz rota, conteniendo las lágrimas para no alterarlo más—.
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