Gabriela, al ver la furia en los ojos de Verónica, se levantó del suelo rápidamente y le tomó las manos, intentando transmitirle un poco de paz en medio del caos.
—¡Verónica, por favor, cálmate! —le pidió Gabriela con voz suplicante—. Escúchame bien. No me voy a llevar al niño. Te acabo de decir que Santiago es tu hijo y voy a cumplir mi palabra. Dejaré a Santiago aquí contigo, a salvo de Rodrigo. Solo yo regresaré para proteger a mis padres.
Al escuchar esas palabras, el alma le volvió al