Mientras Rodrigo se hundía en su propia rabia, al otro lado de la ciudad, Verónica y Mauricio llegaban a un nuevo hotel. Era un lugar más discreto, alejado del centro, escogido estratégicamente por el abogado para perder el rastro de cualquier seguidor. El pequeño Santiago caminaba tomado de la mano de Verónica, mirando los pasillos con curiosidad inocente, ajeno por completo a la guerra que se desataba a su alrededor. En cuanto entraron a la nueva suite, el niño corrió hacia la cama para encender el televisor, feliz de ver sus caricaturas. Verónica soltó un largo suspiro, sintiendo que el aire le regresaba al cuerpo, aunque la tensión seguía marcada en su rostro. Se giró hacia Mauricio, quien ya se había sentado frente a la mesa con su computadora y varios portafolios abiertos. —¿Crees que estemos seguros aquí, Mauricio? —le preguntó Verónica en voz baja, acercándose a él—. El poder de Rodrigo me da escalofríos. Siento que sus ojos nos vigilan en cada esquina. Mauricio levant
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