En cuanto cruzaron la puerta y entraron a la suite del hotel, Verónica estalló. La angustia y la adrenalina que había contenido en el parque se convirtieron en un fuerte reclamo hacia el abogado. Caminaba de un lado a otro de la habitación, desesperada.
—¡¿Por qué la dejaste ir, Mauricio?! —le reclamó Verónica con la voz rota y los ojos llenos de rabia—. ¡Tenía a mi hijo enfrente! ¡Lo tuve en mis brazos! Nunca debiste permitir que esa mujer se llevara de nuevo a Santiago. ¿Y si se esconde? ¿Y