El cielo, que durante la tarde había estado gris y amenazante, ahora era una masa negra y densa, sin estrellas, sin luna, sin ninguna luz que aliviara la oscuridad. El viento comenzó a soplar fuerte, moviendo los árboles de la calle, haciendo crujir las ramas, silbando entre los edificios como una voz furiosa.Mara estaba en su habitación, envuelta en las sábanas, con los ojos abiertos en la penumbra. No podía dormir. No había podido dormir desde la tarde, desde el auto, desde que Joaquín le dijo esas palabras que aún le resonaban en la cabeza como un eco maldito.No debemos estar juntos.Cerró los ojos. Apretó los párpados. Quiso borrar la imagen de él diciéndolo, la frialdad de su voz, la dureza de su mirada. Pero no podía. La memoria era cruel. Le recordaba todo, una y otra vez, sin piedad.Un relámpago iluminó la habitación. Blanco. Intenso. Cegador. Por un segundo, todo se vio claro: las paredes, los muebles, la lámpara del techo, la foto de ellos dos en la mesa de noche.Luego,
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