El ascensor descendió en silencio. Las paredes de espejo reflejaban dos siluetas que parecían desconocerse. Mara estaba a la izquierda, con los brazos cruzados, la mirada fija en sus propios pies. Joaquín estaba a la derecha, con las manos en los bolsillos, los ojos clavados en la puerta metálica. El espacio entre ellos era mínimo, pero la distancia se sentía infinita. Como un abismo que ninguna palabra podría cruzar.
Las puertas se abrieron. Salieron. El vestíbulo del hospital estaba vacío a e