La noche se hizo eterna en el penthouse. Joaquín no durmió. No pudo. Las imágenes de las fotos se repetían en su mente como un disco rayado: Mara con Sebastián, las manos entrelazadas, los rostros cerca, el abrazo, el beso. Cada vez que cerraba los ojos, las veía. Cada vez que los abría, las imaginaba.Después de que Mara se fue a su habitación, él se quedó en el gimnasio. No se movió de la banca donde estaba sentado. La cabeza gacha, las manos colgando, el corazón hecho pedazos. Las pesas seguían ahí, la toalla en el suelo, el teléfono en la mesa con las fotos aún en la pantalla. No las borró. No podía. Necesitaba mirarlas, necesitaba que le dolieran, necesitaba no olvidar.Pasó una hora. Tal vez dos. El reloj marcaba las 3 de la madrugada cuando Joaquín se puso de pie. No estaba cansado. No tenía sueño. Solo tenía rabia. Una rabia que le quemaba las entrañas, que le subía por el pecho, que le pedía a gritos salir.Cargó las pesas con más peso del que solía usar. Mucho más. Tanto que
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