La sala de juntas de Hidalgo Industries estaba impecable. Paredes de madera oscura, pulida hasta el brillo, que reflejaban la luz tenue de las lámparas de cristal. Una mesa de caoba que ocupaba casi todo el espacio, con incrustaciones de ébano que formaban un mapa de los continentes. Sillas de cuero negro, mullidas y altas, que hacían sentar a los hombres como si estuvieran en un trono. Las cortinas de terciopelo granate estaban entreabiertas, dejando entrar la luz de la tarde que se filtraba a través de los ventanales, iluminando el polvo que bailaba en el aire como pequeñas estrellas doradas. Los cuadros de los antiguos directores, incluido el abuelo Félix, miraban desde las paredes como testigos silenciosos, sus ojos pintados siguiendo cada movimiento, cada gesto, cada palabra que se pronunciaba en aquella sala donde se decidía el destino de la empresa.El padre de Joaquín, Don Hidalgo, estaba sentado en la cabecera de la mesa. Su traje gris oscuro, impecable, estaba tan rígido com
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