Los días pasaron. No lentos, como había sido el principio de todo, sino rápidos, vertiginosos, como las curvas que Joaquín tomaba en la pista. Una semana. Dos. El calendario se iba consumiendo y la fecha de la boda se acercaba como un tren que nadie podía detener.Mara se había acostumbrado a la rutina. Despertar en el penthouse. El olor a café recién hecho que Joaquín preparaba todas las mañanas. El crujir de las hojas del periódico que él leía mientras ella desayunaba. Las conversaciones cortas, llenas de silencios cómodos, de miradas que se cruzaban y se apartaban rápidamente, como si ambos tuvieran miedo de ser descubiertos.Pero algo había cambiado. Algo desde la cena en el restaurante Le Ciel, desde el anillo que brillaba en su mano izquierda, desde que Joaquín se arrodilló delante de sus padres y le pidió que fuera su esposa. No era un pacto. No era una mentira. Era algo más. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.—Hoy voy a ver a mi abuelo —dijo Joaquín una mañana,
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