La noche entraba por los ventanales del penthouse. Las luces de la ciudad brillaban abajo como un mar de estrellas pequeñas. El silencio era cálido, cómodo, lleno de la complicidad que habían construido en el bar, en la pista de baile, en cada mirada que se habían robado durante la noche.Mara estaba recostada en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro de Joaquín. El cabello suelto le caía sobre la cara. Los ojos cerrados. Una sonrisa pequeña, de esas que solo salen cuando el alma está tranquila.Joaquín la miraba de reojo. No podía dejar de mirarla. La luz de la luna entraba por los ventanales y dibujaba sombras en su rostro. Estaba hermosa. Estaba feliz. Estaba con él.Pero el reloj marcaba las dos de la madrugada. El cansancio le pesaba en los párpados, pero no quería moverse. No quería romper el momento.—Mara —dijo al fin, con voz baja, suave—. Ven. Vamos. Ya es muy tarde. Te voy a acostar.Ella movió la cabeza, frotando su mejilla contra el hombro de él.—No —murmuró, con la
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