La música cambió.
No fue un cambio brusco. Fue suave, como una ola que llega a la orilla sin hacer ruido. La orquesta dejó de tocar la pieza animada que hacía vibrar el salón y comenzó a interpretar una melodía lenta, romántica, íntima. Un vals. De esos que se bailan pegados, con las luces tenues y los corazones latiendo al mismo ritmo.
Las parejas en la pista se ajustaron. Los brazos se acercaron. Los cuerpos se fundieron. El ambiente cambió. Ya no era una fiesta. Era otra cosa. Era una noche