No fue alcohol.Tres palabras, y de pronto toda la noche de la gala dejó de parecer una herida vieja para convertirse en un crimen escondido.Me quedé mirando la foto que Marina había enviado como si el celular pesara más que mi propia mano. La imagen era borrosa, mal tomada, llena de sombras, pero aun así había detalles imposibles de ignorar: la mesa de noche de madera oscura, la servilleta con las iniciales de la mansión Armand, la copa con un resto de líquido en el fondo y, a un lado, apenas visible, la mano de Damián caída sobre la cama. Una mano quieta. Demasiado quieta. No la mano de un hombre dormido después de beber. No sé cómo explicarlo, pero había algo en esa imagen que me dio frío. Algo que no gritaba inocencia, pero sí gritaba indefensión.Y eso me descolocó por completo.Porque yo había pasado años pensando en Damián como el hombre que no eligió. El que no me buscó. El que se quedó en silencio. El que permitió que Isabela y Renata ocuparan el espacio donde yo, en algún m
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