30.
Una cosa era saber que Renata podía mirarme desde lejos. Otra muy distinta era descubrir que alguien había mirado dentro de mi casa.
Me quedé frente al computador con el correo abierto, la respiración atorada y la foto del letrero de Mateo clavada en la pantalla como una burla. No era una foto de mi hijo. No era una amenaza directa. No mostraba su carita, ni sus juguetes, ni su cama. Y aun así, era peor.
Era mi puerta.
Mi sala.
Mi casa.
El letrero torcido que Mateo había pegado con cinta, escri