28.
La firma de Renata era elegante, limpia y perfecta. Como todo lo que ella tocaba antes de destruirlo.
Damián se quedó mirando el documento durante tanto tiempo que la tinta empezó a parecerle una herida abierta. No era una confesión. No era una prueba completa. No era todavía esa verdad sólida que podía ponerse sobre una mesa y obligar a todos a callar. Pero era algo. Era un hilo. Un rastro. Una marca escrita por la misma mano que durante años le había enseñado a obedecer sin preguntar demasiad