La foto no gritaba. No hacía falta. A veces una imagen en silencio podía destruir más que una confesión.
Me quedé sentada en la sala con el celular en la mano, mirando aquella puerta como si fuera capaz de absorberme entera. La puerta de la habitación de Damián. La camisa blanca sobre el cuerpo de Isabela. Su cabello suelto cayéndole por los hombros. Esa expresión calculada que parecía vergüenza para cualquiera que no la conociera, pero que para mí tenía otro nombre: victoria. Isabela no salía