21.
Yo había creído que, después de tantos años, ya sabía convivir con el dolor. Una aprendía a doblarlo, a guardarlo en una esquina del pecho, a caminar encima de él como si fuera parte del piso. Pero lo que Damián me había contado en la agencia no era dolor viejo. Era una duda nueva con raíces antiguas. Era una imagen que yo no había visto, pero que mi cabeza se empeñaba en inventar con una precisión cruel: Isabela en su habitación, con su camisa, con esa sonrisa de mujer que no necesitaba tener