Las palabras del hombre cayeron como ácido sobre el grupo, dejando un silencio sumamente incómodo. Bianca se puso extremadamente incómoda bajo las miradas inquisitivas de los socios y, sintiendo que el aire se le escapaba por completo, soltó la mano de Alessandro. Sin mirar atrás y con los ojos empañados por el pánico, dio media vuelta y huyó a paso apresurado hacia la zona más despejada de los jardines traseros, buscando refugio en la oscuridad. Alan, que no había dejado de vigilarla ni un solo segundo, la siguió de inmediato entre la multitud. Al llegar a una zona apartada cerca de las fuentes, la alcanzó. Bianca, al verlo, lo tomó de la solapa de su traje azul con manos temblorosas y le rogó con desesperación en la voz: —Alan, por favor, te lo suplico... haz que ese hombre se vaya de la fiesta —le dijo en un hilo de voz, conteniendo el llanto—. Ese tipo... ese tipo es un viejo cliente mío del burdel. Necesito que se largue de aquí ahora mismo, antes de que abra la boca y arruin
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