Alan entró a la mansión Riva sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. El silencio que habitaba en la propiedad ya no era el de una casa lujosa y ordenada; era el vacío sepulcral de un cementerio de recuerdos. Subió las escaleras con el estómago revuelto, consciente de la orden implacable que llevaba sobre los hombros. Al abrir la puerta de la habitación principal, la imagen lo detuvo en seco. Bianca estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la nada, con los ojos hinchados, el rostro