Los ojos de Nayla estaban sobre ellos, y le alegró, que Samyra no la viera. Apretó sus puños, algo nerviosa, con un miedo en su interior.—¿Qué tanto miras?—Ahí está —susurró Nayla sin apartar la mirada—. Esa es Samyra Al-Sabah.Su padre apenas movió la cabeza, lo suficiente para verla sin levantar sospechas. La observó con detenimiento: la postura serena, la manera en que sostenía la taza de té, la calma y paciencia, la sonrisa en los labios.Y ella con otro hombre hablando tan tranquilamente.El hombre sonrió con una satisfacción lenta.—Así que ella es la primera esposa. Parece una Kha’ina—¿Qué dices, padre?—¿No es la esposa del señor Al-Sabah quien está con otro hombre desconocido?Nayla asintió, apretando los dedos sobre el borde de su taza de té.El padre dejó escapar una risa baja, casi silenciosa, como si acabara de confirmar una oportunidad que no pensaba dejar pasar.—No hace falta mucho más.Sacó el teléfono con naturalidad,Sin prisa. Sin culpa. Enfocó la cámara hacia la
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