Los ojos de Nayla estaban sobre ellos, y le alegró, que Samyra no la viera. Apretó sus puños, algo nerviosa, con un miedo en su interior.
—¿Qué tanto miras?
—Ahí está —susurró Nayla sin apartar la mirada—. Esa es Samyra Al-Sabah.
Su padre apenas movió la cabeza, lo suficiente para verla sin levantar sospechas. La observó con detenimiento: la postura serena, la manera en que sostenía la taza de té, la calma y paciencia, la sonrisa en los labios.
Y ella con otro hombre hablando tan tranquilamente.