—¡Tú! —dijo Nassira y señaló a Samyra—. Eres una egoísta, orgullosa… ¿Cómo te atreves a hablarle así a la familia de tu esposo? ¡Hermano, controla a tu esposa!
El ambiente se tensó de inmediato.
Samyra no respondió. Ni siquiera cambió el gesto. Solo la miró, quieta, con una calma que no parecía sumisión, sino distancia. Como si aquello ya no la tocara del todo.
Omar dio un paso adelante.
—Ya basta, Nassira.
Su voz no fue alta. Pero cortó el aire.
Nassira lo miró incrédula.
—¿Basta? ¡Ella me ha h