Samyra estaba sentada frente al escritorio del abogado con las manos entrelazadas sobre su regazo. Intentaba aparentar calma, pero por dentro sentía que el corazón le latía demasiado rápido.
El despacho era elegante, silencioso, lleno de muebles oscuros y ventanales enormes que dejaban entrar la luz abrasadora de Dubái. Sin embargo, ni el lujo ni el aire acondicionado lograban aliviar la presión que sentía en el pecho.
El abogado Al-Sharif revisaba cuidadosamente los documentos frente a él.
Pasó