Aníbal condujo sin pensar en los límites de velocidad, como si el camino no fuera real, como si solo existiera el impulso que le quemaba por dentro.Las luces de la ciudad pasaban como manchas borrosas a través del parabrisas, pero él no las veía.Su mente estaba atrapada en una sola idea, repetitiva, violenta, imposible de apagar. La verdad.No la versión que le habían contado. No la que había aceptado durante años. Sino la que ahora, como una herida abierta, se negaba a seguir enterrada.Cuando llegó al geriátrico, el coche se detuvo con un frenazo seco. El silencio posterior fue aún más pesado que el ruido del motor. Bajó sin cerrar bien la puerta, como si su cuerpo se moviera antes de que su mente pudiera ordenarlo.El aire era frío. Una nieve leve caía, casi invisible, pero suficiente para empaparle el cabello y endurecerle el gesto. No le importó.Entró.La recepción intentó detenerlo.—Señor, el horario de visitas…—No me importa —interrumpió con una voz baja, firme, peligrosa d
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