En el hospital.
Estaba en silencio. Un silencio de esos que no eran tranquilos, sino frágiles… como si cualquier respiración pudiera romper algo que apenas estaba sosteniéndose.
Samyra no recordaba en qué momento dejó de rezar.
Solo sabía que había terminado de pedirle a Alá entre lágrimas, una y otra vez, con las manos aún aferradas a la sábana de Omar, como si soltarlo significara perderlo para siempre.
La madrugada se había ido sin que ella se diera cuenta.
Su cuerpo cedió. Y terminó dormida,