Elise la miró incrédula, como si las palabras que acababa de escuchar no tuvieran sentido alguno en su realidad.
—¿Qué dijiste? —preguntó con voz tensa, apenas conteniendo la rabia que comenzaba a subirle por el pecho.
La mujer frente a ella no respondía de inmediato. Sus ojos estaban enrojecidos, vidriosos, como si no hubiera dormido en días o como si algo dentro de ella se hubiera quebrado hacía mucho tiempo.
Su respiración era inestable, y sus manos temblaban de forma evidente, incapaces de m