Omar condujo a una velocidad imprudente por las calles de Dubái.Las luces de la ciudad se convertían en manchas borrosas a través del parabrisas, pero él apenas las veía.En algunos tramos violó señales de tránsito, cruzó intersecciones sin pensar y aceleró como si pudiera alcanzar algo que ya se le escapaba entre los dedos.Nada de eso importaba. Solo había una idea en su mente.Samyra. Su única certeza. Su único lugar de regreso. Su única posibilidad de redención.Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La respiración era irregular, rota, como si cada inhalación le costara más que la anterior.—Alá… —susurró.Su voz no era firme. Era quebrada.—Alá, ten piedad de mí.El auto avanzó entre el tráfico nocturno.—He fallado… —murmuró, con los ojos fijos en la carretera—. He fallado tantas veces…Tragó saliva.—Pero Tú sabes… Tú eres testigo… yo la amo.La palabra “amo” salió como una confesión desesperada. No como orgullo. Sino como
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