—Fadia, no quiero saberlo.
Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.
Samyra permaneció inmóvil junto a la ventana de la suite, observando la lluvia caer sobre Nueva York.
Las gotas resbalaban por el cristal igual que las lágrimas que había derramado durante tantos meses.
—Samyra...
—No quiero saber nada más sobre él —la interrumpió suavemente.
Su voz no sonó enfadada. Ni resentida.
Sonó cansada. Profundamente cansada.
Como si hubiera llegado al límite de sus fuerzas. Como si hubie