Eran casi las seis de la mañana.
Los primeros rayos de sol comenzaban a iluminar Dubái, tiñendo los rascacielos de tonos dorados y anaranjados.
La ciudad despertaba lentamente, pero Omar sentía que llevaba una eternidad despierto.
No había dormido. Ni un solo minuto.
Desde que encontró la carta de Samyra, el tiempo había dejado de tener sentido.
Las palabras seguían grabadas en su mente.
Cada frase. Cada despedida. Cada línea escrita con aquella hermosa caligrafía que había aprendido a reconocer