Cuando Omar llegó a la mansión, el sol ya iluminaba Dubái.
Sin embargo, para él todo parecía gris.
Entró por las enormes puertas principales con paso apresurado. No había dormido. No había comido. No había pensado en nada más que en Samyra.
Nueva York. Ella estaba en Nueva York.
Al otro lado del mundo. Lejos de él.
Aquella idea seguía oprimiéndole el pecho.
Apenas cruzó el vestíbulo, encontró a su abuela esperándolo.
La anciana se levantó de inmediato del sofá.
Sus ojos estaban hinchados. Había