Horas antes, Omar había llegado a Nueva York.
Desde el momento en que el avión aterrizó, su corazón no había conocido la paz.
No había viajado miles de kilómetros por negocios.
No había ido a cerrar acuerdos.
Ni a visitar propiedades de la familia Al-Sabah.
Había cruzado medio mundo por una sola razón. Samyra.
Se instaló en el lujoso penthouse que su familia poseía en Manhattan, pero las impresionantes vistas de la ciudad no significaban nada para él.
No veía los rascacielos. No veía las luces.