Nueva York.
Cuando Samyra abrió los ojos, lo primero que vio fue la luz del sol entrando por la ventana.
Por un instante permaneció inmóvil.
Acostada entre las suaves sábanas blancas del hotel.
Observando aquel amanecer brillante.
Era extraño.
Después de tantos meses viviendo en medio de tormentas emocionales, aquella mañana parecía tranquila. Silenciosa. Pacífica.
Cerró los ojos y respiró profundamente.
No había gritos. No había discusiones. No había tensión. No había miedo.
Solo ella.
Solo el