Omar irrumpió en el despacho como si lo persiguiera el mismísimo diablo.
La puerta se abrió de golpe.
Las secretarias llegaron detrás de él, intentando detenerlo.
—¡Señor Al-Sabah, no puede entrar así!
—¡Espere!
Pero Omar ya no escuchaba a nadie.
Su mente era un caos.
Su corazón golpeaba con fuerza.
La desesperación había consumido cualquier resto de paciencia.
Al otro lado de la oficina, Fadia Al-Mansoori levantó la vista de unos documentos.
Durante unos segundos observó al hombre que acababa d