Capítulo 28ElenaEl lugar estaba en la terraza de un hotel. No un hotel cualquiera. Uno de esos que ves en las telenovelas, que sale en la revista de viajes, que cuesta más por noche de lo que yo ganaba en seis meses de trabajo en la cafetería.El ascensor era de vidrio. Subía despacio. La ciudad allá abajo, los edificios parpadeando, las luces amarillas. Me sentí pequeña. Y enorme al mismo tiempo. Pequeña porque no merecía estar allí. Enorme porque lo estaba.La terraza era abierta. Mesas blancas con manteles de lino. Velas altas en candelabros de plata. Camareros de esmoquin negro, circulando silenciosos, como peces en un acuario. El suelo era de madera clara. El techo era el cielo. Las estrellas —las pocas que São Paulo dejaba ver— estaban allá arriba, tímidas, como si pidieran permiso para brillar.El maître nos recibió con una sonrisa ensayada. "Buenas noches, Sr. Volpi. La mesa de siempre." Nos condujo hasta la esquina, cerca del parapeto. La vista más bonita. La mesa más discr
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