---Después del kart, fuimos a la noria.Leo no quiso subir. "¡ES DEMASIADO ALTO!" Se quedó con Arthur, comiendo algodón de azúcar. Lara subió conmigo. La cabina era pequeña, de madera pintada, con una ventana redonda. Entraba el sol. El viento golpeaba.Lara se sentó a mi lado. El cuaderno en el regazo.— ¿A usted le gusta mi papá?— Me gusta.— ¿Mucho?— Mucho.— ¿Más de lo que él le gusta a usted?— No lo sé.— A él le gusta mucho. Lo veo.— ¿Cómo lo ves?— Le brillan los ojos.— ¿Le brillan?— Sí. Cuando usted llega. Cuando usted habla. Cuando usted se ríe.Mi corazón se encogió.— ¿Y tú? ¿Te gusto?— Sí.— ¿Mucho?— Mucho.— ¿Más que tu papá?— Diferente.— ¿Diferente cómo?— Papá es papá. Usted es... — pensó—. Es casa.La noria subió. La ciudad apareció. Los edificios, las casas, los árboles. El cielo.— ¿Casa? — pregunté.— Casa es donde uno se siente seguro. Papá es seguro. Pero usted es cálida. Casa cálida.No supe qué decir. Entonces le tomé la mano. Ella apretó de vuelta.L
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