Debía estar en el piso inferior, en la cocina del fondo, o en el jardín, o en cualquier otro lugar lo suficientemente lejos para que el sonido de mi voz no llegara ni a la mitad del camino.— Quédate bien quietecito aquí, Leo. La tía Elena ya vuelve. No te levantes de la cama por nada, ¿vale?Bajé la escalera de la mansión corriendo como una loca, bajando tres escalones de cada vez sin importarme si me estrellaba entera. Resbalé en el último escalón de madera pulida, me agarré al pasamanos de hierro para no ir de cara al suelo y continué la carrera por el pasillo de la planta baja.— ¡DOÑA MARTA!La gobernanta apareció en la puerta de la cocina, cargando un paño de cocina y mostrando una cara de susto gigante.— ¿Qué carrera es esta, muchacha? ¡Por el amor de Dios, parece que has visto un fantasma!— ¡Leo tiene fiebre alta! ¡Muy alta, doña Marta! Su piel está hirviendo, está medio grogui y casi no puede mantener los ojos abiertos. ¡Necesitamos un médico aquí ahora!— ¡Misericordia! Ya
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