LunaÉl todavía estaba apoyado en la pared, el pecho subiendo y bajando en un ritmo pesado, la mirada clavada en mí como si yo fuera su propia perdición. Gotas de sudor corrían por su abdomen definido, y la cadena de plata se balanceaba ligeramente con cada respiración. Pero yo no estaba satisfecha. No todavía.Subí de nuevo a la encimera con calma, a mi ritmo, sintiendo el mármol frío contra la piel ardiente de mis muslos. Abrí las piernas bien despacio, en un movimiento estudiado, ensayado en mil noches de soledad. Y tiré de él por la cadena que colgaba de su cuello, trayéndolo hacia el centro de mí.Él esbozó una sonrisa torcida, con la boca aún entreabierta, los labios hinchados por mis besos. Se sentó en la silla que estaba en la esquina, las piernas abiertas, el cuerpo relajado, pero los ojos ardiendo en mí como brasa viva.Me subí encima de él con calma, una pierna a cada lado, sintiendo el cuero de la silla bajo mis rodillas. Ajusté con la mano, encajando despacio, sintiendo c
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