Luna
Desperté con la cabeza más desordenada que mi habitación en la periferia. Me di una ducha helada para ver si lo quitaba de mi piel, pero parecía que su maldito tacto se había pegado a mí como una segunda piel. El Diablo no salió de mi mente ni por un segundo. Ni mientras me cepillaba los dientes. Ni mientras preparaba café. Ni mientras miraba al techo e intentaba recordar quién era yo antes de él.
Cogí mi bolso y salí a la calle. Cuando llegué a la parada de autobús donde Tatiana siempre e