Luna
Había pasado una semana. Una semana desde esa noche maldita y placentera que me dejó la mente toda desordenada. Seguí mi vida como si nada hubiera pasado, pero cada vez que me quedaba sola, el sabor de esa boca, el peso de ese cuerpo y la forma en que me usó volvían con fuerza a mi memoria.
Estaba en la terraza del pequeño dúplex donde vivía con mis abuelos, en el barrio periférico de la Maré. Margarita me llamaba desde dentro, una toalla blanca colgada del brazo.
—Luna, ve a bañarte, m