54. Los Depredadores
El eco de los tambores de rendición en la Fortaleza de la Roca Negra aún resonaba en la memoria de los caídos, pero en el Palacio de Verano de Jebel Ali, la guerra ya no se libraba con fusiles de asalto ni tanques blindados. Se libraba con miradas cargadas de veneno, sonrisas diplomáticas y el tintineo hipócrita de las copas de cristal. Las compuertas de agua del norte habían sido abiertas a la fuerza, aliviando temporalmente la sed de las ciudades del emirato, pero el costo de aquella victoria hídrica se pagaba esa noche bajo los arcos de mármol. El Consejo de Ancianos, temeroso de un levantamiento total de las tribus orientales, había impuesto una condición innegociable a Amir, para consolidar la paz y redactar los nuevos tratados, debía ofrecer un banquete de pacificación y recibir al Melik de Sharqat no como a un prisionero de guerra, sino como a un "invitado de honor". La atmósfera en el patio principal era espesa, saturada por el aroma a cordero asado, mirra y el olor dulzón d
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