50. El Juicio de la Roca Negra
El rugido infernal de las ametralladoras pesadas cesó de golpe, dejando tras de sí un silencio sepulcral, roto únicamente por el siseo del viento que arrastraba el vapor del radiador destruído y el lamento sordo del metal caliente. La duna roja, que minutos antes había servido de trinchera para los rescatadores, quedó reducida a un páramo de arena removida y casquillos percutidos. Rodeados por un semicírculo infranqueable de más de cincuenta soldados con fusiles de asalto apuntando directamente a sus cabezas, Amir, Nikos y Matteo no tuvieron más opción que la rendición táctica. La imprudencia del italiano, cegado por los celos y la fiebre de su herida abierta, había sentenciado el destino de la expedición. Dos guerreros del este, corpulentos y con el rostro cubierto por el cheche tradicional, patearon el fusil de las manos de Nikos, obligándolo a hincarse de rodillas sobre la arena. El griego escupió un hilo de sangre y lanzó una mirada cargada de un odio puro y helado hacia el Me
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