56. La Respuesta de la Fiera Liberada
Elena se detuvo un instante, apoyando una mano contra el pecho para forzar a sus pulmones a calmarse. La responsabilidad que cargaba sobre sus hombros la sofocaba más que el corsé de pedrería de su túnica. Sabía perfectamente que el acuerdo firmado esa tarde era un espejismo de arena. Las tribus del norte habían entregado las compuertas de agua, pero sus jinetes seguían armados en la frontera. Una sola provocación, un solo malentendido o un estallido de violencia dentro del palacio bastaría par