62. La Olla a Presión del Refugio
En lugar de asustarse, en lugar de intentar zafarse del agarre violento que la aprisionaba, Elena utilizó la inercia del siguiente golpe de los tambores para ejecutar un giro hacia el interior del cuerpo del Melik. Modificó el paso de la danza tradicional, transformándolo en un movimiento de una proximidad carnal tan extrema que, ante los ojos de los cientos de jinetes y de los ancianos del Consejo, pareció un abrazo erótico voluntario, una entrega apasionada de la occidental ante el poder del norte. Se pegó por completo al pecho del Melik, subiendo sus manos lentamente por los hombros del príncipe. Para cualquiera que observara desde las dunas, Elena se estaba rindiendo al magnetismo de su captor. Pero cuando sus labios quedaron a escasos milímetros de la oreja del Melik, su voz no trajo una súplica; trajo el veneno más puro del desierto. —Eres un estúpido, Melik —le susurró Elena, su tono una línea de hielo gélida que congeló la sonrisa lasciva del príncipe —Crees que controlas
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