50. El Juicio de la Roca Negra
El rugido infernal de las ametralladoras pesadas cesó de golpe, dejando tras de sí un silencio sepulcral, roto únicamente por el siseo del viento que arrastraba el vapor del radiador destruído y el lamento sordo del metal caliente. La duna roja, que minutos antes había servido de trinchera para los rescatadores, quedó reducida a un páramo de arena removida y casquillos percutidos.
Rodeados por un semicírculo infranqueable de más de cincuenta soldados con fusiles de asalto apuntando directamen