32. La Intervención del Desierto
En cuanto el cañón del arma del atacante asomó por el umbral, Nikos actuó. Con un movimiento rápido como el ataque de un áspid, atrapó la muñeca del hombre, desviando la trayectoria del arma hacia el techo mientras le propinaba un rodillazo brutal en el estómago. El intruso ahogó un grito, pero antes de que pudiera recuperarse, Nikos lo estrelló de espaldas contra la pared de la habitación, colocándole el cañón de su propia pistola directamente bajo la barbilla. —Un solo sonido —susurró Nikos, con una sonrisa que helaba la sangre —y juro que el Emir tendrá que limpiar tus sesos de los azulejos. Piénsalo bien, amigo. Tu jefa no paga lo suficiente por una bala en la cabeza. El hombre, paralizado por el dolor y la velocidad del contraataque, soltó su arma, que cayó al suelo con un ruido sordo. Matteo, desde la cama, soltó una risa ronca que terminó en una mueca de dolor por la tensión en sus puntos. —Buen tiro, griego —logró articular, con la voz pastosa —Ahora... haz que hable.
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