116. No dormiste mucho.
La madrugada se disuelve con lentitud, como si el tiempo decidiera quedarse un poco más en ese punto intermedio donde nada exige todavía y todo respira con una calma contenida, y al abrir los ojos siento el peso de la noche anterior todavía presente en el cuerpo, no como cansancio sino como una marca suave, constante, que se instala bajo la piel.Permanezco en silencio unos segundos, mirando el espacio apenas iluminado, dejando que la mente recorra lo que pasó, lo que se dijo, lo que quedó en pausa, y al girar el rostro encuentro a Adrián despierto, observándome con una atención que no interrumpe, que simplemente está.Su mano se desliza despacio hasta mi cintura, marcando ese contacto que se volvió habitual, necesario, y me acerco un poco más sin pensar, dejando que la cercanía se construya desde ese gesto simple.—No dormiste mucho —digo, en voz baja.Adrián niega apenas, sin apartar la mirada.—No quería perder este momento.La respuesta cae directa, sin adornos, y algo en mí se aj
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